Las olas se estrellaban con furia en mis oídos, el viento intentaba racionalizar alguna idea dentro de tanta irracionalidad. Estas dos pequeñas bolsas alargadas con huesos que a veces llamo brazos se movían como se mueven las alas de un ave que despega por primera vez de tierra firme. Así estaba. Si en ese momento alguien hubiese preguntado una de estas preguntas banales que se hacen al saludar a una persona (¿cómo estás?), hubiese respondido con el sarcasmo que hace años está aferrado a mi pieles. "Estoy en un risco a un paso de lanzarme al mar, por ende, ¡me encuentro de maravilla!".
La gente no comprende esto que llevo dentro, la gente no ve lo que yo, porque ellos ven con los ojos y les enseñaron a callar eso que suelen llamar graciosamente “sexto sentido”, porque cuando niños veían una sombra que asustaba y se movía cuando iban caminando al baño, sus padres les enseñaron que no había nada ahí, que todo era una mala jugada de sus imaginación. Lo sé porque a mi me lo dijeron, pero siempre he tenido ese espíritu de rebeldía inalienable a mi, que me lleva no solo a desobedecer órdenes de superiores, sino también a criticar cuanta palabra dicha o pensada provenga de otro ser humano distinto a mí. Al menos así había sido por mucho tiempo, lo fue hasta algún día que las críticas llegaron a una especie de espejo, los demás no son ellos, soy yo. Y toda la idea que tuve alguna vez de que los demás eran los culpables, se volvió en un en un abismo neblinoso, como una improvisación de The Who donde todos los instrumentos terminaban en el piso destrozados en mi pedazos producto del capricho de sus ejecutantes. Pero eso es más adelante.
Mi infancia fue siempre un tanto distinta a la de mis pares, me contentaba con cosas que otros simplemente ignoraban. Mientras mis vecinos jugaban a las escondidas, yo le disparaba con una pistola de balines al anciano que vivía en la casa junto a la mía, a lo que el anciano siempre respondía con un balde de agua hirviendo, que preparaba todas las mañanas junto con una agüita de hierbas que se bebía en su mecedora, para el momento en que los balines matutinos golpearan su arrugada y manchada piel. Un día un balín le llegó al oído izquierdo, creo que desde ese día el viejo quedó medio sordo.
Yo esperaba una venganza inminente tras haber arrasado con el 50% de su capacidad auditiva, esperaba una granada en mi habitación, una carta explosiva, un rottweiler a la salida del colegio listo para morderme; nunca fue así. Después de todo yo era su única interacción con el “mundo exterior”, sin mi el viejo dormiría toda la tarde frente a la ventana y no tendría la motivación para abrir los ojos en la mañana y levantarse a preparar mi balde con agua caliente.
Tras aquel incidente yo proseguí con mi rutina, le disparé a la calva. Él se levantó de su mecedora y me lanzó un papel semi-arrugado con las pocas fuerzas que tenían sus manos. La pelota de papel rebotó en mi sien y cayó directo en mis manos que estaban como esperando esa reacción del viejo. Abrí la hoja e intenté descifrar lo que decían aquellas letras que en ese entonces parecían amigas de la mano con parkinson. “Quid pro quo…”
jueves, 29 de octubre de 2009
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